DIOS
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Después de veinte largos minutos creo que, Dios, es una página en blanco.
Observo los ojos cerrados de mi hija, dormida en mi regazo. Sus labios dejan pasar, suavemente, el aire que entra y sale de su cuerpo en pausada respiración y los dedos de su mano derecha siguen cerrados alrededor de mi cabello que acaricia, con gesto inconsciente, en su lento traspaso al mundo fantástico de los sueños.
Y veo a Dios en ella, en ese sentimiento inexplicable que me inunda, que me llena y me desborda, un amor sin condiciones.
Saco de mi memoria el archivo desordenado de momentos sin etiquetar, sin enumerar, sin clasificar en el tiempo, reflejos de instantes, lapsus inacabados, flashes que han quedado almacenados y que trepan por mi consciencia sin ningún tipo de lógica.
Flota en mi retina el recuerdo de la mano vieja y marchita, repleta de arrugas, ausente de carne y temperatura, temblorosa, imprecisa, que intenta elevarse hasta mi rostro en uno de sus últimos viajes y que me provoca, otra vez, un doloroso golpe en el estómago por la realidad de su ausencia.
Y veo a Dios en esos ojos desenfocados y vacíos que presentían mis lágrimas, mientras cogía con fuerza su mano y la apretaba en mi mejilla, mojándola, llenándola de besos.
Efímera. Eterna.
Veo sin ver y siento el agua del mar envolver mi cuerpo en susurros de olas que me mueven a su compás mientras el sol cae en una explosión de rojos y amarillos, naranjas y rosados. Me siento pequeña y frágil, agua entre agua, ojos cegados de luz.
Y veo a Dios en el movimiento imperceptible de la Tierra, la hermosura de sus elementos, la grandeza que me rodea y me mece controlando su fuerza para no aplastarme.
Hace calor. Una capa de sudor pegajoso es la culpable de que sienta cada poro de mi cuerpo, incitando mis manos a perderse en él. Unos ojos. Otras manos. Un aliento en mi aliento, en mi cuello, en mi sexo. Una lengua. Un sueño que lleva a otro sueño, una hoguera que enciende un fuego, límite de lo prohibido, pecado, lujuria y la realidad que llega.
Y veo a Dios en la libertad de moldear sueños y darles forma, en el dolor de la culpabilidad, de la responsabilidad, de la necesidad de vivir y poder perdonarme por hacerlo.
Cientos de imágenes por minuto. Veloces. Implacables. Me gritan que soy inhumana como todos los humanos. Muertos. Sangre. Miseria. Horror. Injusticia. Hambre. Ausencia de sentimientos.
Y el mundo se hace más grande, rueda más deprisa y da golpes cuando antes acunaba. Su hermosa grandeza es un vertedero que apesta y las manos que se elevan se aplastan con la misma facilidad que el fuego arrasa.
Y yo, impasible, veo a Dios en todo ello.
DIOS
Cuatro letras centradas, en mayúscula, negrita y subrayadas que he escrito hace una hora en la primera línea de una triste página en blanco.












